jueves, 14 de agosto de 2014

PRIMERA PARTE DE "UNA CARTA DE AMOR"

Hola a todos.
Si hace poco subí a este blog la segunda parte de mi relato Una carta de amor, me he decidido a subir la primera parte de este bonito relato aquí.
Espero que os guste la historia de amor entre Jane y William.

                     UNA CARTA DE AMOR

               ISLA DE ANGLESEY, EN LA COSTA DE GALES, 1801

         Mi amada Jane:

             Hace sólo unas horas que nos separamos. Sin embargo, cuento los minutos que faltan hasta que nos volvamos a ver. Releo las cartas que me has escrito a lo largo de estos meses. Parece que fue ayer cuando nos conocimos. ¡Y no ha pasado ni un año! 
             Fue hace un año. Estabas dando un paseo por la playa de Rhosneigr. Ibas acompañada por una amiga tuya. Os oía hablar. Os reíais. No recuerdo bien el nombre de tu amiga. Me parece que se llamaba Kate. Pero no estoy del todo seguro. 
            Bajé a la playa aquella tarde como hacía siempre. Buscando estar solo. 
            Siempre me has preguntado el porqué busco la soledad. Nunca he sido un hombre sociable. Prefiero estar solo que estar rodeado de gente. Jane, te ríes de mí. Dices que me estoy convirtiendo en un anciano cascarrabias. 
              Sólo soy cinco años mayor que tú. No creo que me esté haciendo viejo. Aquella tarde, en la playa, no pude estar a solas con mis pensamientos. De pronto, oí el sonido de unas risas de mujer. Miré hacia mi izquierda y os vi. A ti y a tu amiga Kate...Os estabais acercando poco a poco al lugar donde yo estaba sentado en la arena. Me sentí tentado a ponerme de pie y marcharme. Pero no lo hice. Entonces, las dos llegasteis a mi altura. Tú me saludaste. 
             ¡Pensé que estaba viendo un ángel cuando te vi por primera vez, Jane! Tan rubia...Tan bonita...Con tus dulces rasgos...
             Pronto, supe que tenías una legión de pretendientes. Según me contaste una vez, buscaban tu inmensa dote. 
 -Buenas tardes...-me saludaste. 
             Para horror de tu amiga Kate, te presentaste. Y yo te besé la mano con arrobo. A partir de ahí, empezó todo. 
             A partir de aquella tarde, empezamos a vernos en secreto en cualquier parte. Yo sólo era un escritor que vivía hospedado en una modesta pensión. Soy muy poca cosa para una joven como tú, mi amada Jane. 
               La siguiente vez que nos vimos fue en la tienda que está en el centro de Beaumaris. Una sombrería...Tú estabas con tu madre probándote sombreros y yo pasaba por allí. Nuestras miradas se encontraron en el cristal del establecimiento. Tu madre estaba entretenida hablando con una amiga y aprovechaste la ocasión para salir a saludarme. 
-¡Señor Harding!-me llamaste. 
-Celebro veros de nuevo, señorita Deverell-te contesté.
-¡Oh, puede llamarme Jane! ¡No soy tan vieja!
-No conozco a mucha gente en Beaumaris. 
-¿Lleváis poco tiempo viviendo aquí?
-Apenas hace unos meses que me instalé. Busco inspiración para escribir. 
-¡Un escritor! ¡Qué emocionante!
            Tenías la sonrisa de un ángel en aquel momento. Un carruaje cerrado pasó por detrás de mi espalda. Te apartaste para dejar el paso a un matrimonio que bajaba la calle. Pero no querías meterte dentro de la sombrería. 
-Tenemos que vernos más a menudo-me sugeriste. 
              Más tarde, supe que te había costado trabajo mostrarte tan abierta conmigo. Siempre has sido más bien tímida. No sé lo que viste en mí que te atrajo. Yo te hice una cordial reverencia. 
-Lo mismo digo-te contesté. 
              Te metiste de nuevo dentro de la sombrería. Y vi cómo te colgabas del brazo de tu madre. Pero no dejabas de mirarme. 
               A los pocos días, caí enfermo. Tuve mucha fiebre y me dolía mucho la cabeza. El médico que me atendió me dijo que padecía una severa gripe. Para mi sorpresa, acudiste a visitarme. Aún delirando a consecuencia de la fiebre, pensé que eras un ángel. 
-¡Señorita Deverell!-exclamé al verte en mi habitación-¿Qué estáis haciendo aquí? ¡Y, encima, sola! ¿Os habéis vuelto loca?
-Oí decir a mi doncella que estabais enfermo-contestaste-De modo que he decidido venir a veros. Espero que mi presencia no os incomode. 
              Te sentaste en una silla junto a mi cama. 
-¡Pensad en vuestra reputación!-insistí-Sois una joven soltera. Estáis en edad de casaros con un buen partido. ¡Y estáis aquí sola! ¿Qué van a pensar de vos?
              Me sonreíste. ¡Qué sonrisa más bella! Querías tranquilizarme. 
-No dirán nada de mí, señor-me aseguraste.
-Hay mucho chismoso por la ciudad suelto-te recordé-Pensarán que...Bueno...
-Van a pensar que vos y yo tenemos un romance. Yo también lo he pensado. 
-Deberíais de iros, señorita Deverell. Lo digo por vuestro bien. No quiero que se vea envuelta en una situación comprometida por mi culpa. 
            Llenaste mi vaso con agua y me lo serviste. 
            Finalmente, pude recuperarme. Para mi sorpresa, recibí una invitación de tus padres para ir a verles. Era la hora del té y tu madre y tú me estabais esperando en el salón. Nos sentamos a dar cuenta del té que sirvió una de vuestras criadas acompañado por galletas. 
-Mi hija me ha hablado de vos, señor Harding-me dijo tu madre-Debo decir que le ha causado una gran impresión. Dice que lleva viviendo poco tiempo en Beaumaris. Supongo que estará de paso. 
-No sé el tiempo que voy a permanecer en este sitio, señora Deverell-le expliqué. 
-¡Ojala os quedéis aquí a vivir!-exclamaste-Aquí han vivido dos escritores bastante conocidos. Goronwy Owen es uno de mis poetas favoritos. 
-No conozco su obra-te comenté.
-Creo que tengo un libro suyo de poemas en mi habitación. Si queréis, os lo puedo prestar. Lo he releído ya muchas veces. 
-Sois muy amable, señorita Deverell. 
                En aquel momento, llegó tu padre a casa y pasó al salón a saludaros. 
-Veo que tenemos un invitado-observó al verme. 
               Me puse de pie para saludarle y él me estrechó con fuerza la mano. El rato que pasé allí pude ver cosas en las que no me había fijado. Vi que erais una familia que estaba muy unida. Tu padre, tu madre y tú. Los tres estáis unidos como una piña. 
-Es escritor, papá-le dijiste a tu padre.
-¿Qué escribís?-me preguntaste. 
-Escribo cuentos-respondí. 
-Un trabajo sano y honrado...Sois bienvenido a mi casa, señor Harding. Espero veros mucho por aquí. 
-Para mí es todo un honor, señor Deverell. 


                         Las visitas a tu casa se hicieron cada vez más frecuentes. Me comentaste un día que tu institutriz había terminado harta. Había querido enseñarte a tocar el piano. Pero resultó que tú eras una nulidad para la música en general. Lo contabas de un modo que no pude evitar reírme. Yo también aborrezco la música. No sé tocar el violín. Te reíste cuando te lo conté. 
             Un día, estando yo en el salón de tu casa, apareció tu amiga Kate. Por lo que sé, estaba prometida. Su prometido era un teniente del Ejército británico con una fama terrible. Al llegar al salón y verte, Kate se abrazó a ti. 
-¡Es un canalla y un miserable!-sollozó. Estaba sufriendo un ataque de nervios-Me ha hecho promesas que no piensa cumplir. 
-¿Qué ha pasado, Katie?-le preguntaste.
           Os sentasteis las dos en el sofá. Yo miraba la escena sintiéndome impotente. Me daba pena tu amiga. 
-Dijo que se casaría conmigo en unas semanas-respondió Kate-Pero era mentira. No está enamorado de mí. Su amor es otra mujer. Y...
               Se cubrió el rostro con las manos. Al parecer, Kate sí estaba enamorada de su prometido. Su amor no era correspondido. 
              Le cogiste la mano y se la oprimiste para consolarla. 
-Mis padres no van a hacer nada-se lamentó tu amiga-Mi padre me odia. Y mi madre nunca se ha preocupado por mí. ¡Estoy sola, Jane! ¡Sólo te tengo a ti!
-Papá irá a hablar con ese malnacido y ajustará cuentas con él-decidiste-Se lo diré. Mi padre te quiere como a una hija. Cálmate, Jane. No merece la pena que llores por ese miserable. Puedes quedarte aquí a pasar la noche. Se lo diré a mamá. 
             Kate negó con la cabeza. Quería estar a solas para llorar su pena. La mirabas con honda preocupación. Deseé poder hacer algo. Pero no sabía el qué. 
-Sois una joven muy bella-intervine-Hay muchos hombres en el mundo. No vale la pena que lloréis por quien no lo merece. Secad esas lágrimas. Piense que sois afortunada por haber descubierto la verdad a tiempo. No todas las mujeres tienen esa suerte. ¿Qué es lo que queríais? ¿Vivir en un engaño? Habría sido terrible para vos. No os lo merecéis. Algún día, encontraréis a un buen hombre que os amará de verdad. 
-Jane iba a ser mi dama de honor-se lamentó tu amiga. 
-Papá ajustará las cuentas con ese malnacido-insiste-Pero el señor Harding tiene razón. No merece la pena que sufras por él. 
               Kate se abrazó de nuevo a ti. Y lloró durante un largo rato. Después, te dijo que tenía que regresar a su casa. No quería molestarte. Al despedirse de mí, me dio un beso en la mejilla. Y me dio también las gracias. 
-Sois muy gentil, señor Harding-me dijiste. 
               Negué con la cabeza. 
-Sólo he dicho la verdad-afirmé. 
              Tú también me diste un beso en la mejilla. 
-Sois muy amable conmigo-añadiste-Y también sois muy amable con la gente que me quiere. 
             Me volviste a besar en la mejilla. Tu acción te asustó. Saliste corriendo del salón. 
              Esa noche, me di un largo baño en la bañera. Durante el baño, me bebí una botella entera de vino. Necesitaba no pensar. Quería entontecerme. Pero no lo conseguí. Pensaba una y otra vez en ti, Jane. En lo maravillosa que eras. Me recreé en tu dulzura. Pero tú eras una dama. Y yo no era nadie. Me estaba enamorando de ti, Jane. Quería alejarme de tu vida, pero no podía alejarme de ti. Era incapaz de hacerlo. 
             Sé que Kate y tú habéis estado en Cardiff. Habéis acudido juntas a bailes. Habéis sido cortejadas por petimetres obsesionados con la moda. Habéis ido juntas a pasear. A comprar. Al teatro...
               Tus padres me reciben con amistad en su casa. Pero ellos no me ven como un buen partido para ti. Piensan que te casarás con alguien de más rango y abolengo. Me lo han dicho ellos mismos. 
              Te he visto a la salida de la Iglesia. 
               Los dos vamos a la Iglesia de Santa María. 
              Siempre acudes a Misa de doce los domingos. Acudes acompañada por tus padres. Os sentáis en el primer banco. Yo suelo sentarme siempre en el último banco. Sabes que te estoy observando. Cuando piensas que nadie te ve, te giras para mirarme. Nuestras miradas se cruzan mientras el sacerdote está pronunciando su sermón. Me pregunto en qué estás pensando. Quiero saber qué ideas te rondan por la cabeza en esos momentos. Me siento muy lejos de ti, Jane. 
               Nos vimos una tarde a orillas del río que rodea el castillo. Estabas sola. 
              Yo había salido a dar un paseo. Al verte, me detuve a saludarte. Tenías la mirada perdida. Tu gesto era pensativo. Te pusiste roja al darte cuenta de que no estabas sola. 
-Buenas tardes, señorita Deverell-te saludé. 
              Apenas me devolviste el saludo. 
-Disculpad que hoy no tenga ganas de hablar-te excusaste-Pero hay un asunto que me preocupa. No os lo puedo contar. 
-Lo siento-dije-Me habría gustado ayudaros. 
                            Te diste media vuelta. Te fuiste. Pero, antes de irte, me miraste. Y me miraste de un modo tan raro que me llegó al corazón. 
             Apenas nos vimos en los días siguientes. No parabas de hacer visitas. Ibas mucho a ver a tu amiga Kate. Estaba sumida en una profunda tristeza. 
            Yo quería ir a verte. Hablar contigo. 
           Pensaba que estabas preocupada por Kate. Después de todo, más que amigas, parecéis hermanas. Estáis las dos muy unidas. Yo no tengo amigos. Sólo te tengo a ti, Jane. 
             Volví a ser invitado por tus padres a tomar el té. Fui a verles personalmente para declinar su oferta. Estaba enfrascado en la escritura de mi último cuento. Entonces, te vi en el salón, Jane. 
-No seas tonta, hija-te dijo tu padre muy sonriente-Saluda al señor Harding. Es casi como de la familia. 
-Sí...-susurraste. 
            Te acercaste a mí, pero no te atrevías ni a mirarme. 
-Tenemos que hablar-me susurraste. 
-¿Sobre qué?-quise saber. 
-Os diré en breve donde hemos de vernos. No puede ser aquí. Tiene que ser en un sitio aparte. 
-Lo entiendo. Pero...
-Disimulad. Mis padres nos están mirando. 
           Te cogí la mano y te la besé con dulzura. 
-Que así sea-te susurré-Soy vuestro, señorita Deverell. 
           Me marché a la posada. 
          No quise cenar aquella noche. 
          No fui capaz de concentrarme en el cuento que estaba escribiendo, Jane. No hacía otra cosa más que pensar en ti. Quería saber de qué querías hablar conmigo. 
           Pasaron varios días. Entonces, recibí tu carta. 
            Fue una carta muy breve. Pero la releí varias veces. No me cansaba de admirar tu letra. Tienes una letra pulcra y muy bien cuidada. 
          Nos citamos en la Colina Roja, llamada así por el derramamiento de sangre que se produjo en aquel lugar durante la Revolución Inglesa. 
           Fui el primero en llegar. No tardaste en aparecer tú. Estaba empezando a anochecer y venías sola. 
-Odio este sitio-me comentaste nada más llegar-Tengo la sensación de que los muertos se levantarán de sus tumbas. Y regresarán al lugar en el que fueron masacrados. 
-Ha pasado siglo y medio desde ese fatídico día-te recordé. 
-El tiempo no pasa nunca. Los sucesos del pasado permanecen vivos en la memoria. 
               Yo sólo tenía ojos para ti. Me cogiste la mano. Te la llevaste a los labios. Aquel gesto me impresionó mucho. 
-Señorita Deverell...-dije.
-Te lo ruego-me tuteaste-Tutéame. 
-No puedo hacerlo. Está mal. 
-¿Qué es lo que está mal, Liam? ¿Está mal que nos veamos? ¿Está mal que quiera estar contigo?
            Para mi sorpresa, me besaste de lleno en los labios antes de salir corriendo. 
            Al día siguiente, quise verte. Nos citamos en el mismo lugar que la víspera. 
-Ayer, pasó algo que lo ha cambiado todo-te dije-Tu comportamiento...Tu manera de hablarme. 
-¿Me has citado para rechazarme?-me espetaste. 
-No quiero rechazarte. Sólo quiero saber qué está pasando, Jane. 
-¡Pasa que me he enamorado de ti, imbécil!
-Jane, no puedes decir que estás enamorada de mí. Soy muy poca cosa para una dama como tú. 
           Me diste un puñetazo en el brazo. Te vi furiosa. 
-¡Estoy cansada de que todo el mundo decida por mí!-me confesaste-Papá quiere que regrese a Cardiff para una segunda temporada en sociedad. Pero me aburro soberanamente en esa ciudad. Y tú dices que no eres lo suficiente bueno para mí. 
-Te mereces algo mejor que yo-traté de hacerte entrar en razón. 
-No hay nadie mejor que tú para mí, Liam. ¿Por qué no quieres admitirlo?
-Admitirlo sería una condena para ti, Jane. 
-Negarlo ya es una condena. ¿No lo habías pensado? 
            No quería pensar en nada. Mis brazos rodearon tu cintura y te atraje hacía mí. Nos fundimos en un beso largo y apasionado. Tus labios inexpertos se abrieron ante los míos. Con algo más de experiencia... Pero fríos...No habían besado con amor desde hacía mucho tiempo. Hasta aquella tarde, Jane. 
             Entonces, empezó de verdad nuestro amor. 
             Cada vez que nos veíamos en la Colina Roja, nos fundíamos en un beso lleno de amor.  
            Nos sentábamos en el suelo. Hablábamos durante horas. Tú querías hacer planes de futuro conmigo. Yo te hablaba de la realidad. Pero la realidad se ha cebado sobre nosotros, mi amada Jane. 
             Pudimos haberlo evitado. 
             Aún estábamos a tiempo. 
            Pero es demasiado tarde, Jane. 
            Hace unos días, en la Colina Roja, empezamos a besarnos con más ardor que de costumbre. Tuvimos que separarnos y tú no dejabas de temblar. 
-Tenemos que vernos en otra parte-dije, sin pensar bien en lo que decía. 
-¿Existe un sitio más discreto en toda la ciudad que éste?-me preguntaste. 
-La Cantina de Cabezas de Toro...Es discreta. 
-Y tiene un reservado. Lo sé. Lo he oído en los criados. 
-Jane, no vayas.
-Nos vemos allí mañana, Liam. 
              Te abalanzaste sobre mí. Tus labios se pegaron a los míos. Nos besamos durante un largo rato con verdadera ansia. Después, saliste corriendo. 
              Una tarde, días antes, estuvimos paseando hasta llegar al castillo. 
              No era uno de nuestros encuentros clandestinos. 
             Íbamos acompañados por tu doncella personal. Entonces, te hablé de mi primera esposa. Me había casado años antes con Sophie. Fue un matrimonio pactado entre mi familia y la familia de ella. Pero no nos importó porque nos amábamos con locura. 
             Sin embargo, nuestro matrimonio duró apenas dos años. No llegamos a tener hijos. Una súbita fiebre cerebral acabó con la vida de Sophie. 
-Lo curioso era que ella siempre había gozado de una salud de hierro-te conté-Nunca supe el porqué sufrió aquel acceso de fiebre. No me contó nada. El médico no pudo averiguar las causas. 
             Lo peor de todo fueron los rumores que oí sobre nosotros en Llandona, el pueblo donde vivíamos. Se decía que Sophie tenía un amante del que estaba locamente enamorada. Que pensaba abandonarme y huir con su amante. Pero éste se burló de ella y huyó con otra. 
           Tú me escuchabas con atención. No sabías qué decir. Te limitaste a escucharme y a entenderme. De algún modo, entendías el porqué de la soledad en la que vivía. 
-Si eso fue lo que pasó, fue una estúpida-dijiste-No supo valorar lo que tenía. 
-Nunca lo sabré-me lamenté. 
              Ayer por la tarde, nos encontramos en la Cantina de Cabezas de Toro. Entré en el reservado. Habíamos acordado que nos veríamos allí. Estabas sentada junto a la ventana. Tenías un cuaderno de dibujo en la mano. 
                  -¿Qué estás dibujando?-te pregunté.
-Quiero dibujar todo lo que me rodea-me respondiste. 
-Es un lugar sórdido. 
-Nunca antes había estado en un sitio como éste. 
-Jane...
           Desnudos sobre la estrecha cama, te tuve entre mis brazos, amada mía. Llené de besos cada centímetro de tu cuerpo. Te llené de caricias. Te hice mía mientras te susurraba palabras de amor al oído. Te besé muchas veces, mi querida Jane. Te abracé con fuerza. 
             Tus ojos se clavaron en mis ojos. Llené de besos tus hombros desnudos. Mis labios no se cansaban de recorrer tu largo cuello de cisne. Me perdí en tu mirada cargada de amor y de anhelo. No podía dejar de besarte, Jane. No podía. No dejé de chuparte los pezones que se erguían ante mí. No pensé en nada. 
             Nos besamos muchas veces. Nos abrazamos con fuerza. Nos acariciamos muchas veces. 
            Nos tocábamos. Tú besaste cada rincón de mi cuerpo. Yo te lamía. Te mordía. Te chupaba. Te estrechaba contra mi cuerpo. Te apretaste contra mí. No querías pensar. Sólo querías besarme. 
               Cuando todo acabó, me sonreíste con la misma dulzura con la que me sonríes siempre. Entonces, supe que no había vuelta atrás. Cuando me susurraste al oído que los dos nos pertenecíamos mutuamente, lo supe. Supe que nuestro amor duraría eternamente. Sólo sé que el día nos sorprendió juntos en el reservado. Y que, con el corazón lleno de dolor, te tuve que dejar marchar. Pero volveríamos a vernos. 
              Empieza a caer el Sol, Jane. Puedo ver cómo el cielo se oscurece. Oigo el susurro de las olas cerca de la posada. 
              Te escribo esta carta. Te juro una vez más mi eterno amor por ti. Quiero que sepas que soy tuyo desde siempre. 
             Todas las promesas que nos hicimos anoche son ciertas. Porque, en cuanto podamos, estaremos juntos para siempre, mi adorada Jane. 
            Porque tú también me amas. Porque tu corazón late a la par que el mío. Porque somos un solo ser. Porque existe un nosotros. 
           Porque aquí estoy yo para quererte siempre. 
           Porque te amaré hasta el último día de mi vida. 
         Tu leal amante y amado. 
         Liam.

viernes, 8 de agosto de 2014

EL DIARIO DE TOMÁS

Hola a todos.
También los hombres solían llevar un diario en épocas pasadas.
El doctor Tomás Quesada no iba a ser una excepción.
En su diario, Tomás habla de Teresa, pero habla más que nada de Carolina.
Este fragmento de su supuesto diario no aparecerá en la novela.

                                   Me es imposible apartar la mirada de ese ángel que se llama Carolina. Lleva su rubio cabello recogido en una trenza. Sus rasgos son delicados. Y su sonrisa es dulce. Pero lo que más me cautivan son sus ojos de color verdes de mirada profunda. 
-¿Cómo está mi prima, doctor?-me pregunta. 
                                 Carolina siempre está con su prima Teresa en la habitación cuando voy a verla. Teresa no hace avance alguno. 
                                 La trenza de Carolina descansa sobre uno de sus hombros. Su mirada limpia está cargada de preocupación por su prima. 
                                Trato de no pensar en esa muchacha, dulce y bonita. Hay mucha fortaleza en su aparente fragilidad. Y su belleza va más allá del aspecto físico. 
-No está haciendo ningún progreso-me siento obligado a responder. 
                                Carolina no se echa a llorar. Tan sólo veo temblar de manera ligera sus labios. Intenta mantenerse fuerte delante de Teresa. Su prima me mira con odio. 
-¡Y usted no está haciendo nada para ayudarme!-me echa en cara Teresa. 
                                  Carolina no dice nada. No entiendo cómo puede pasar tantas noches en vela cuidando de Teresa. Las criadas me han comentado que Carolina no duerme muchas noches porque está velando el inquieto sueño de Teresa. 
                                Es Carolina la que me acompaña hasta el recibidor. De algún modo, trata de excusarse por el comportamiento de su prima. Yo le resto importancia porque entiendo que Teresa se sienta mal. Lo único que me inspira Teresa es una pena infinita porque no sé qué hacer para ayudarla. 
-Podría escribirle a mi mentor-le sugiero a Carolina. 
-¿Usted cree que daría resultado?-inquiere ella. 
-No lo sé. Pero no se pierde nada por intentarlo. 
-Es usted muy amable, doctor Quesada. 
                              Carolina me da un beso en la mejilla. 

sábado, 2 de agosto de 2014

DIARIO DE CAROLINA

Hola a todos.
Si hace unos días os traía un extracto del que podría ser el diario personal de Teresa, Carolina no se anda a la zaga.
Me imagino que ella también tendría un diario. Y escribiría en él todo lo que pasaba por su mente. Todo lo que sentía.
Hoy, os dejo con un extracto del diario personal de Carolina.
Por cierto, al igual que el diario de Teresa, el diario de Carolina tampoco aparece en la novela.

                           He descubierto que me gusta a salir a dar paseos sola. 
                          Mi doncella se escandaliza. Cuando me ve poniéndome encima del vestido la capa, empieza a ponerse nerviosa. 
-No debe de salir sola, señorita Carolina-me exhorta-Hay mucha gente mala por ahí. Y usted no puede defenderse. 
-¿De verdad hay gente mala en la isla de Tambo?-le pregunto con cierta ironía-Casi no se cometen robos aquí. Estamos en el lugar más tranquilo del mundo. 
-¡Pero le puede pasar alguna desgracia! 
                           No le hago caso. Me pongo la capa encima del vestido. Le pido a mi doncella que cuide de Teresa mientras yo no estoy. Necesito salir a respirar aire puro. 
                          Necesito estar sola. 
                         Me gusta caminar por la isla. Una vez, escuché decir que los griegos y los romanos que pasaron hace tantos siglos por España la usaron como una especie de gran cementerio. Pienso, entonces, en Martín. Mi hermano está enterrado en el cementerio de la isla. 
                         Me dirijo, casi sin darme cuenta, a Punta Tenlo. Tomás está allí. 
                        Me voy acercando poco a poco a él. Tomás se percata de mi presencia. 
                        Está de espaldas a mí. Pero se gira para mirarme y para sonreírme. Parece que sabe que yo iba a ir. 
-Te estaba esperando-me dice. 
-No sabías que iba a venir-le recuerdo. 
                         Me acerco poco a poco a él. Nos quedamos de pie el uno frente al otro. 
                         Escucho el sonido de las olas. Veo cómo bañan la orilla de la playa. 
-Lo único que lamento es no poder quedarme más tiempo-le confieso-Me gustaría estar mucho rato contigo. Hablar contigo. 
                          Me siento mal. Pienso que estoy siendo egoísta por pensar sólo en mí. 
                         Pero me olvido de todo cuando Tomás me besa con devoción en los labios. 



                             Nos separamos apenas unos centímetros. 
-¿Cómo está tu prima?-me pregunta Tomás. 
-Se ha quedado durmiendo-respondo-No pudo conciliar el sueño anoche. 
-Es frecuente que sufra pesadillas. 
-Grita. Llora. 
                          No reconozco a Teresa. Mi prima ha cambiado mucho desde que sufrió el accidente. Antes, siempre estaba de buen humor. 
                         Siempre estaba metiéndose en líos. 
                        Tomás me abraza con cariño. 

jueves, 31 de julio de 2014

DIARIO DE TERESA

Hola a todos.
Se suele decir que el uso del diario entre las señoritas de buena familia y las jóvenes aristócrata empezó a ser común a partir del siglo XVIII, pero se popularizó a partir del siglo XIX.
Las novelas en el siglo XVIII solían estar contadas en primera persona por el protagonista. O bien también podían ser novelas epistolares, un grupo de cartas que se enviaban distintas personas contando por su propia voz y dando su propio punto de vista sobre lo que estaba ocurriendo. Las amistades peligrosas son un buen ejemplo de este tipo de novelas epistolares.
El caso que nos ocupa corresponde a Teresa. Ella también tuvo un diario. Y volcaba todos sus sentimientos en él. Sus sueños, su dolor, su desesperación.
El diario de Teresa no aparece en El corazón de Carolina. 
Pero es justo conocer los sentimientos y los pensamientos de Teresa.

                               Lo único que me gustaría hacer en estos momentos es morirme. 
                               El Sol ha salido esta mañana. 
                              Pero no soy capaz ni de acercarme a mi escritorio a escribir. No puedo.
                             ¡Odio tener que usar esta maldita silla de ruedas! Tropiezo con todo lo que hay en mi habitación. 
                              Mi doncella me dice que me quede en la cama. Ella se encargará de buscar mi diario. 
-Hace bien en escribir un poco, señorita-me dice. 
                             Yo tengo que ver cómo abre el cajón de mi tocador con la llave que le he dado. Es en el cajón de mi tocador donde suelo guardar mi diario. 
-¡No lo leas!-le ordeno indignada-¡Es privado!
-Es su vida, señorita-dice mi doncella-Y yo respeto todo lo que usted haga. 
                          Me mira con compasión mientras coge mi diario. No soporto que nadie me mire con compasión. ¿Por qué no habré muerto cuando el caballo me tiró al suelo? 
                         Es muy difícil escribir unas miserables líneas en esta cama. La doncella me ayuda a recostarme. 
                         Maldigo mis piernas porque están muertas y no volverán a moverse nunca más. 
-El doctor vendrá a verla dentro de un ratito-me informa mi doncella. 
-¡Ojala no venga nunca!-mascullo con rabia. 
                        Puedo sentir que hay gente en la calle. 
-No llore, señorita Teresa-me pide mi doncella. 
                        Deposita mi diario en mi regazo. No soy capaz de abrirlo ni siquiera. Hacía algún tiempo que no escribía nada en él. 
-¿Y por qué me pides que no llore?-le espeto-¡Mi vida se ha terminado! Nunca más volveré a caminar. El doctor Quesada ha sido muy claro conmigo. Estoy condenada a vivir en una silla de ruedas. ¿Sabes lo que eso significa? Significa que tendría que haber muerto desnucada cuando aquel maldito caballo me tiró. Pero estoy aquí. ¡Estoy viva! ¡Y no es justo que yo esté viva! ¡Desearía estar muerta!
                           Oculto mi rostro entre mis manos. Rompo a llorar de pura desesperación. No quiero ver a nadie. 
                            Tan sólo quiero estar sola. No podría escribir nada en mi diario. Pero necesito desahogarme. Necesito sacar fuera toda esta rabia y este dolor que llevo dentro. Una rabia y un dolor que están acabando conmigo. 
                          Mi doncella busca un soporte para que yo pueda escribir en mi regazo. 
                         Utiliza unas tablas de madera que encuentra en las caballerizas. Se acuerda de ellas. Va a buscarlas. Yo seco con mis dedos las lágrimas que mojan mis mejillas. 
                          Mi doncella regresa y coloca las tablas, apenas pequeñas, sobre mi regazo. Pone mi diario encima de las tablas. Va a mi escritorio. Me entrega la pluma y el tintero. 
-Escriba todo lo que siente, señorita-me exhorta-Se sentirá mejor. 
                         No me sentiré mejor, pienso con tristeza. 
                         Nunca volveré a ser quien fui una vez. Una joven a la que le gustaba mucho correr. Una joven que disfrutaba montando a caballo. 
-Gracias...-digo con un susurro. 
                         Mi doncella me acaricia el cabello con la mano. 

lunes, 14 de julio de 2014

SEGUNDA PARTE DE "UNA CARTA DE AMOR"

Hola a todos.
Hoy, os traigo la segunda parte de mi relato Una carta de amor. 
Este relato está publicado en mi blog "Un blog de época" y forma parte del "Reto de Febrero", que celebró el blog "Acompáñame" para celebrar San Valentín hace un año. Consistía en publicar un relato en tu blog que contara una historia de amor y que tuviera final feliz.
Se cogían todos los relatos y se unían en una Antología que se podía descargar de manera gratuita.
Podéis leer el relato en este link:

http://unblogdepoca.blogspot.com.es/2013/02/reto-de-febrero.html

Me he animado a escribir una segunda parte un poco más corta.
Después de pensarlo mucho, me he animado a subirla a este blog.
Espero, de corazón, que os guste.

UNA CARTA DE AMOR

               ISLA DE ANGLESEY, EN LA COSTA DE GALES, 1801

             Mi querida Jane:
            ¿Piensas a menudo en el amor? ¿Entiendes lo que siento por ti? Me cuesta trabajo expresarme. No sabía lo que era amar hasta que apareciste en mi vida. No quiero sonar falso. Es así como me siento. ¿Lo sientes tú?
            Oigo cómo cae la lluvia desde la ventana de mi habitación. El cielo se torna cada vez más oscuro. Oigo truenos. ¿Qué sientes cuando oyes el sonido del trueno, Jane? ¿Te sobresaltas?
            Veo cómo las olas van a morir contra las rocas. No se ve ningún barco en la distancia. Todos los barcos han regresado a puerto. ¿Te acuerdas de cuándo nos conocimos? Fue un día de mercado. Ibas acompañada por tu doncella.
            Nos hemos visto en la playa. Me despierto a medianoche pensando en ti. Recuerdo todas las palabras que nos hemos dicho. Hemos bailado juntos el vals.
            Nos amamos. Y quiero que nos amemos siempre. Nuestro lugar favorito para vernos es la playa. En una cala, donde nadie puede vernos. Ni siquiera tu doncella sabe que vienes a verme.
            Eres la mitad de mi alma, mi adorada Jane. Sentados en la arena, vemos las barcas de los pescadores. Las vemos cómo regresan a la costa. La jornada de trabajo ha terminado. Tú me miras. Me sonríes.
            No nos importa nada en esta vida. Sólo estamos tú y yo. No hay nadie más en la playa. ¿Quién puede molestarnos? ¿Quién puede decirnos que nuestro amor está prohibido? Soy tuyo. Cada beso que nos hemos dado así te lo confirma.
            Recuerdo la otra noche, cuando viniste a verme a mi casa. Llevabas puesto un vestido de color azul claro. Me contaste que hacía algún tiempo que habías empezado a llevar el cabello recogido. El moño que lucías era asombrosamente favorecedor. Te conté que me había quedado sin aliento cuando te vi en el mercado la primera vez. Hacía poco que había llegado a la ciudad. Buscaba trabajo en una mina de cobre. Mientras estoy bajo tierra, pienso en ti. Y noto cómo ya no me rodea la oscuridad.
            Empecé enviándote flores. Me contaste que habías sido presentada en sociedad en Cardiff. Te viste asediada por multitud de admiradores. No soportas a esos petimetres aristocráticos. El sentimiento es mutuo. No soportas que te besen la mano y te reciten poemas que no son suyos.
            Eres distinta, Jane.
            Cuando te vi, lo supe en el acto. No eres como las demás mujeres. No te gustan los halagos empalagosos. Te aburres con los bailes. No quieres ser sólo un florero. No quieres ser subastada al mejor postor en el Mercado Matrimonial. Tienes tus propias ideas. Tienes tus sueños. Por eso, deseo de corazón ayudarte. Porque quiero ser yo quien haga realidad todos tus sueños, mi amada Jane.
            Cada beso que te doy. Cada vez que te cojo la mano. Cada vez que acarició tu rostro con la yema de los dedos. Cada abrazo que te doy. Intento demostrarte todo el amor que siento por ti. Y tú me correspondes besándome.
            Hay un hombre rondándote.
            Va a visitarte con frecuencia a tu casa. Te regala flores cuando os veis en el salón. Siempre está tu doncella con vosotros. Os vigila. Ese hombre es conde. Puede poner la Luna a tus pies si así lo deseas. Tú le escuchas hablar con gesto distraído. ¿Estás pensando en mí, Jane?
            La otra noche…
            La otra noche, yacimos en mi estrecha cama en mi habitación. Tú y yo…Tú llevabas puesta tu camisola interior. Yo estaba completamente desnudo. Te tuve entre mis brazos y pude abrazarte como quería. No podía dejar de besarte. No podía dejar de acariciarte. Mis manos recorrieron todo tu cuerpo. Mis labios se deslizaron con suavidad por tu cuerpo. Llené de besos tus hombros desnudos. La otra noche, amada mía, fuimos uno.  
              Nos poseímos otra vez de manera mutua, Jane. 
              No lo has olvidado. ¿Verdad que no lo has olvidado? 
               No quería quedarme dormido aquella noche. Tan sólo quería recordar cada segundo que viví a tu lado. 
                  Los momentos que habíamos compartido. ¿Piensas en ellos, Jane? Yo los tengo grabado a fuego vivo en mi mente. En mi corazón...
            Cuando me desperté, lo primero que vi fue tu sonrisa angelical. Te di un beso en la comisura de los labios y pensé que había muerto. Y que estaba viendo a un ángel. Entonces, supe lo que de verdad quería.
            Supe que bajar todos los días a la mina de cobre podía valer la pena si te tenía a mi lado el resto de mi vida. Nos hemos hecho muchos juramento de amor eterno y puedo confiar en que tus palabras son sinceras. Porque el amor que me profesas es tan grande como el amor que te profeso, mi amada Jane.
            Porque este amor que siento por ti no se acabará nunca. Iluminas mis días cuando estoy en la mina. Y sueño contigo cuando llega la noche. Eres una estrella que Dios ha puesto en mi camino. Brillas igual que la Luna llena. ¿Te gusta mirar a la Luna, Jane? ¿Oyes el sonido embravecido de las olas?
            No te pido mucho. Tan sólo te pido que me ames. Que me ames tal y como soy.
            Te digo una cosa.
            Hace poco, me juré a mí mismo que nos íbamos a casar y soy un hombre que cumple sus promesas. Porque no imagino mi vida sin tenerte a mi lado hasta que los dos nos hagamos viejos. Quiero verme reflejado en tus ojos. Quiero que esos ojos tan bonitos que tienes se iluminen cada vez que estemos juntos.
            No quiero que este amor muera. No lo vamos a dejar morir, mi adorada Jane. ¡Te lo juro! ¡Te amaré siempre! ¿Me estás escuchando? ¡Siempre! Nunca dejes de amarme. ¡Te lo suplico!
            A pesar de todo…Aunque se opongan los demás. Aunque me muera en el interior de la mina. Aunque el mundo estalle en mil pedazos. Mi corazón te pertenece.
            Liam.

sábado, 5 de julio de 2014

DESCRIPCIÓN DE CAROLINA

Hola a todos.
Hoy, os dejo con una pequeña descripción de nuestra protagonista, Carolina.
Se trata de una joven de unos dieciocho años. Llevaba su cabello de color rubio claro recogido en una trenza o en un moño. Es una muchacha preciosa. Vive con sus padres en una casona, junto con su prima Teresa. Es como una hermana mayor para ella. Carolina acude a menudo al cementerio a visitar la tumba de su hermano mayor, Martín, muerto en la niñez.
Sus ojos son de color verde con destellos azulados. Sus labios son de trazado delicado. Su nariz es pequeña y puntiaguda. Sus pestañas son largas y espesas. Y su piel es blanca como la leche.
Sé bien lo que vais a decir. ¡He descrito a una Mary Sue!
Y aquí os dejo con una foto de cómo podría ser Carolina.



Sí, es la cantante estadounidense Taylor Swift. Os pido que os la imaginéis vestida al más puro estilo siglo XVIII, de esta guisa:

miércoles, 2 de julio de 2014

UNA ESCENA ELIMINADA DE "EL CORAZÓN DE CAROLINA"

Hola a todos.
Cuando uno escribe una novela, escribe todo lo que cree que esa novela necesita.
Cuando la va a publicar, la relee y quita todo aquello que no necesita.
Es lo que me ha pasado con El corazón de Carolina. 
Esta escena es inédita y no aparece en la novela.
Espero que os guste.

                              Carolina sentía que su vida era un completo Infierno. Lo disimulaba. No podía decir nada delante de Teresa.
                              Deseaba poder gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada. Por ese motivo, estaba sentada a la mesa del comedor.
                              Era la hora de la cena. La criada sirvió lacón con grelos.
                              Carolina se sentó al lado de Teresa. La joven se sintió insultada cuando el criado retiró la silla en la que solía sentarse. Se limitó a empujar la silla de ruedas hacia la mesa.
-¿Por qué no lo dice de una verdad?-escupió Teresa en cuanto el criado se retiró-¡Soy una maldita inútil!
                              Carolina miró con tristeza a su prima. En los últimos tiempos, Teresa se había limitado a compadecerse de sí misma.
                               Pero tenía mucha razón para obrar de aquel modo. Su vida había quedado truncada. Ya no era la misma joven que había sido antes de sufrir aquel espantoso accidente. Las piernas que había usado Teresa para correr estaban muertas.
                               La gente que estaba a su alrededor la compadecía.
                               Pero eso no era lo peor. Lo peor era que sus pretendientes la habían abandonado. Desde que sufrió el accidente, ninguno acudió a interesarse por ella. Le llegaron unos pocos ramos de flores. Pero aquellos ramos de flores dejaron de llegar cuando corrió la noticia por toda la isla de Tambo de que Teresa había quedado inválida.
-No eres ninguna inútil-le aseguró doña Alberta.
-¡No puedo caminar!-protestó Teresa.
-El médico buscará la manera de que vuelvas a caminar-le aseguró don Jaime.
-¡No quiero ver a ese maldito nunca más!-gritó Teresa.
                                  Carolina guardó silencio. Teresa no sentía la menor simpatía por Tomás. En su opinión, el médico no estaba haciendo nada por ayudarla a volver a caminar.
                                  Carolina se sentía culpable. Aquella tarde, se había visto a solas con Tomás.
                                  Se encontraron en la pequeña cala de la isla. Todavía podía sentir los labios de Tomás sobre sus labios.
                                   Recordaba cómo la había besado con tanta pasión que Carolina pensó que se desmayaría. Recordaba cómo se había atrevido a acariciarla por encima de la ropa. Fue ahí cuando se apartó de él, visiblemente avergonzada.
                                  Las mejillas de Carolina se encendieron con el recuerdo. Teresa no lo sabía. Pero, antes o después, acabaría sabiéndolo.
-El lacón está muy bueno-comentó.